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DÍAS QUE NO QUIERES QUE LLEGUEN

Hoy son tres años ya. Tres que años perro serían como veintiuno, que para un bebé significan creer, caminar, hablar y dejar el pañal; pero que para un adulto pasan a veces tan rápido e inocuos que ni se sienten.

En mi caso -para bien o para mal- no ha sido así. Hace tres murió mi padre y a partir de ahí la vida se me transformó por completo. Me vi arrojada de repente y sin previo aviso a una vida adulta para la cual no me sentía preparada y me aterraba.

Había perdido a mi GPS, mi papá me daba todas las rutas (aunque un día el muy grosero me mandó a Tepoztlán por Zempoala), me aconsejaba profesionalmente y estaba ahí cuando llegaba con mi altero de papeles y le decía “me doy, decide tú porque yo no tengo cabeza”. Ahora ya no iba a estar más: I was on my own ¡¡¡¡SOPOTAMAAAAAAAAADRE!!!! ¿Qué se suponía que iba a hacer?

No tenía ni idea, me quedaba a cargo de mi vida, de mi trabajo, de mi hijo y -en menor grado- de mis hermanos. Chido el paquetito ¿eh?. Pero bueno, si algo me enseñaron mis padres es que ante la adversidad uno se dobla pero no se rompe, así que no me quedó de otra.

Poco a poco fui desbaratando lo que quedaba de la vida material de mi papá: su casa, su ropa, su oficina alterna, sus tarjetas de crédito. Al mismo tiempo trataba de ir reacomodando las piezas de la mía; una labor faraónica en la cual poco importaba el apoyo de la gente a mi lado. No es menosprecio ni mucho menos, pero es de esas cosas que sólo uno puede -y debe- hacer por sí mismo. Cuando me sentí rebasada, aterricé en terapia, por supuesto.

Y así, paso a paso transcurrió el primer año, luego el segundo y ahora el tercero.

He aprendido que el dolor no se va, sino que se va fusionando con el día a día hasta que se vuelve parte de tus sentimientos. El tiempo no cura, adapta y uno nunca está completamente del otro lado. Hay días en que ese dolor se sentirá todavía fresco y otros en los cuales parece un simple recuerdo, así es esto.

Hoy, claro está, se siente muy fresco. Traigo la cabeza llena de recuerdos y “lo que hubiera sido”. Imagino a Mariana quitándole los lentes y haciéndole cariños en los cachetes; a Constanza platicándole mil cosas para sacarle una buena ración de muñecas; a Luis Adolfo abrazándole las piernas con esa sonrisa apretada donde saca todos los dientes y contándole cosas en ese idioma que sólo él entiende. Imagino a mi papá tacleando orgulloso a Fernando y siguiendo cada una de sus competencias. Lo imagino de nuevo diciendo “bouuuuulsa” aunque nos burlemos de él. Lo imagino orgulloso de mí y de lo que he logrado gracias a su legado.

Y sobre todo lo recuerdo en el último día que desayunamos juntos, abrazando a mi hijo y diciéndole “Quien me enseñó a ser abuelo fue usted. Yo soy el abuelo que soy gracias a usted, enano”.

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Dondequiera que estés, te mando los besos que no te di, papá. Te extraño siempre.

FAVORITAS SIN SENTIDO

Debido a que en este mes y medio -aprox- que llevan las campañas me encuentro ya hasta la madre de abrir cualquier, pero CUALQUIER página en internet y encontrarme propaganda, noticias o pleitos políticos; he decidido, a manera de terapia, escribir un post totalmente simplón en el cual hable de mis películas favoritas. Así nomás, porque puedo, porque quiero y porque ya me tienen harta.

Las películas van sin algún orden específico, dada mi dispersión, es preferible enfocarme a recordarlas y ponerlas como van; si me pongo además a tratar de calificarlas me puede llevar una semana entera.  Aclaro: todas las enlistadas provienen de cine comercial, son las que recuerdo más fácilmente.

1. Hugo. La primera en la lista porque es la última adición a ella. Me parece un cuento divino, protagonizado por una serie de personajes a cual más más adorables y enmarcado con una fotografía y efectos especiales mágicos.

2. El silencio de los inocentes.  una de las mejores historias de suspenso EVER, con unas actuaciones memorables y que aún después de ¿cuántas? tal vez treinta veces, me sigue poniendo la piel de gallina. “Have the lambs stopped screaming?”…

3. Sospechosos comunes. La razón principal de que conserve mi videocasetera VHS… no he conseguido la película en disco.

4. En el nombre del padre. La historia de Gerry Conlon me conmueve hasta la médula. Y la banda sonora es buenísima.

5. Los increíbles. Me sé los diálogos de memoria. Con éso digo todo.

6. El paciente inglés. La favorita para chillar después de una decepción amorosa.

7. Sin city. Hipnotizante, así de sencillo.

8. Mi novia Polly. Me río muchísimo porque me identifico horrores con el personaje de Ben Stiller… quizá también necesite a alguien que me saque de mi zona de confort.

9. Wanted. Los madrazos que siempre he querido dar. Siendo Angelina Jolie, por supuesto.

10. En este apartado entrarían las que van en bonche, además de que son clasiquísimas en el Top de cualquiera: Star Wars (del IV al VI, por supuesto), El señor de los anillos, Toy Story y la trilogía Bourne.

Pido una disculpa a los cinéfilos de hueso colorado por, salvo Star Wars;  no incluir ninguna de los 90 para atrás. Es un ridículo intento de verme más o menos “contemporánea”. Se aceptan sugerencias.

 

 

 

FINALMENTE, 365

Lo que no nos mata, nos hace más fuertes.

Este 20 de agosto se cumple un año de lo que hasta hoy considero ha sido la experiencia más culera que me ha tocado vivir.  Un fin de semana que inició con un tremendo revés en el ámbito profesional y término con la muerte de mi querido abuelo.

Tres días en los cuales sentí que toda mi persona era puesta a prueba, emocional, física y psicológicamente. Tres días durante los cuales sentí miedo, impotencia, tristeza y coraje con una intensidad que nunca había experimentado. Tres días que me sentí perdida, buscando algo o alguien a quién aferrarme, algo que me pudiera dar confianza, que me asegurara que todo era pasajero; que de alguna u otra forma lograría reponerme de ese putazo y recuperar mi vida como la había conocido hasta entonces.

Ese día poco después de las nueve de la mañana recibí una llamada telefónica que hizo que mi alma se fuera al piso. Corriendo y como pude, salí de mi casa a tratar de arreglar lo que estaba en mis manos, a tranquilizar a mi equipo de trabajo que estaba completamente desconcertado -mi secretaria estaba a menos de un mes de dar a luz y sentía que lo iba a hacer en la oficina- y ver quién demonios podía ayudarme. Tuve que lidiar con mi propia frustración al darme cuenta que las personas externas a quienes acudí eran todos unos ineptos y entre pleitos, recuentos, ires y venires se me fue la mañana y parte de la tarde.

Mientras trataba de arreglar todo ese desmadre, recibí un mensaje de mi mamá que decía “Hija, siento mucho lo que te pasó, te aviso que tu abuelo se está muriendo” En ese momento, la poca fuerza que me quedaba se desvaneció. No podía creer que todo me estuviera pasando el mismo día. A partir de ahí, como pude, en medio de una bruma y en automático; terminé todo lo que tenía pendiente para poder ir a casa de mis abuelos a verlo por última vez.

No pude. Llegué y estuve ahí más de una hora, pero no pude pasar a despedirme. Vi  una de mis tías llorando, a otra sacudiendo y limpiando como enajenada, a mis tíos entrar y salir de su cuarto conforme Papi los conocía, desconocía y volvía a conocer. Lo escuché delirar, quejarse y hasta gritar. Pero no pude pasar. No me sentía lo suficientemente fuerte después de todo lo que había pasado. Agotada, decidí que lo mejor era irme a mi casa y tratar de descansar. Tuve que empinarme una botella y media de tinto para lograrlo, no se me ocurrió otro remedio para poder conciliar el sueño.

Al día siguiente, de nuevo la oleada de sentimientos; pero sobre todo, un miedo terrible, casi paralizante. No quería salir de mi casa, no quería separarme de Fernando, no quería subirme al coche y manejar. Quería quedarme para siempre en la seguridad de mi recámara y esperar los días que fueran necesarios para que toda esa locura terminara. Lo único que se me ocurrió hacer fue meditar.

Medité, medité mucho para lograr sobreponerme a ese miedo y sobre todo, me despedí de mi abuelo “si ya es necesario que abandones este mundo y trasciendas a otro nivel, no va a ser mi egoísmo quien te detenga. Gracias Papi, te doy gracias por haber estado a mi lado todos estos años y dejo que te vayas en paz” Habrá quienes piensen que éstas son chorradas, pero para mí meditar siempre se traduce en un gran alivio, en una paz que no logro obtener de otra forma. Y ese día no fue la excepción. Estaba segura que cuando me avisaran que él habría muerto yo estaría en paz. Triste, pero en paz.

Ese aviso llegó hasta el día siguiente, el domingo 22. Como loca obsesiva de la limpieza que soy, decidí arreglar todo un librero para distraerme y en ésas me encontraba cuando mi hermano me llamó para darme la noticia. Al principio pensé que estaba bromeando, hasta que me dijo “no seas guey, ¿cómo te voy a bromear con éso? Es en serio, ya se murió Papi” Con una bola de trapos mugrosos en las manos y en medio de un tiradero de libros, me senté  mientras pensaba qué hacer: ¿le digo a Fer? ¿voy a la casa de Tita? ¡mi mamá! ¿qué pedo con mi mamá? Decidí que tenía que decirle a Fernando primero, así lo hice y él se fue inmediatamente a la casa de mis abuelos. Yo, mariconamente, todavía me quedé haciendome pendeja otro rato hasta que por fin me armé de valor y fui hacia allá.

Como es de esperarse, encontré un desmadre. De entrada, a mi mamá descalza, llorando sentada en la banqueta con un caballote -no caballito, ca-ba-llo-te- de tequila. Otra de mis tías se había salido chillando enloquecida y ni idea tenían de dónde andaba. La mayoría revoloteaba de un lado a otro hasta que mi abuelita sentenció “¡¿¡ME DEJAN?!?! Soy LA viuda, déjenme en paz” Pregunté por Fernando y me dijeron que estaba en la recámara de mi abuelo. No me quedó de otra más que armarme de valor y subir.

Y lo vi, con su famosísima pijama a cuadros con bata a juego. Con una cara que por fin, reflejaba paz. A su lado en una silla estaba mi hijo, despidiéndose de él. En la puerta, mi hermana deshecha en llanto. La abracé y como pude le dije unas palabras de consuelo. Estuvimos ahí más de media hora hasta que -por fin- llegaron los de la funeraria y se lo llevaron. Entonces caí en la cuenta que al día siguiente era el inicio de clases y tal como estaba, en pants, sin bañar y hecha un manojo de nervios;  salí corriendo a comprar lo que me hacía falta. Resultado: me gasté casi $1,000 en calzones y calcetines que JURÉ, Fer necesitaba. No me di cuenta que había comprado tal cantidad de chingaderas hasta que regresé y mi mamá me lo hizo notar. “Bueno, al menos la vendedora me escuchó -le conté mi drama, por supuesto- y se llevará una buena comisión. Ya ni pedo” Next step: a bañarse para la misa de cuerpo presente.

Bajo una lluvia torrencial me encaminé al cementerio, llegué a la capilla y lo primero que vi -obviamente- fue el féretro, cerrado. Mi abuela no quiso abrirlo. Montando guardia, sus tres hijos hombres y mi hermano. Sobre el ataúd una bufanda del Morelia, el equipo de los amores de mi viejillo. Busqué lugar y afortunadamente ahí estaba mi papá. Sentí un gran alivio al verlo y me coloqué junto a él. Misa, con todas las de la ley, palabras de uno y otro hijo y yo como si fuera de palo sin poder derramar una sola lágrima. Hasta que mi papá me abrazó “Por favor papá, dime que todo va a estar bien, dime que TODO va a estar bien” repetía yo una y otra vez, mientras él me aseguraba que así sería. Sin embargo, podía sentir un ligero temblor en su cuerpo que me indicaba que no estaba tan seguro. Al final, me acerqué al ferétro, no traía flores para colocar sobre él;  lo único que se me ocurrió fue tomar la bufanda y escribirle un mensaje de despedida de parte mía, mis hermanos, Fer y mi mamá. Fue incinerado con ella, su pijama y su bata. Como más le gustaba estar.

Durante los seis meses siguientes, continué siendo puesta a prueba. Tuve que recurrir a todas mis habilidades para lograr sacar a mi empresa del bache en el que había caído. En casa, ser un apoyo y consuelo para mi mamá, quien con mi abuelo perdió no sólo a su padre; también a su confidente, cómplice, consejero y mejor amigo. Tuve que enfrentarme y sobreponerme al hecho de haber visto a mis padres en una situación de vulnerabilidad que ni en mis peores pesadillas habría imaginado. Sí, tengo 36 años y sin vergüenza reconozco que mis papás siguen siendo mis pilares más fuertes. Aceptar que no son invencibles me dio miedo, mucho miedo. Cambiar los papeles y convertirme por unos meses en el apoyo que ambos necesitaban, me causó terror. Pero lo hice. Lo logré y salí fortalecida. Orgullosa de mí misma.

Ahora, después de un año, han sucedido muchas, muchas cosas. En ciertos aspectos, sigo siendo la -aparentemente- inconsciente que todo el tiempo dice pendejadas y parece siempre vivir al día. Pero en el fondo sé que lo vivido me enriqueció de una forma maravillosa. Estrechó no sólo la relación con mis padres, sino también con mis hermanos. Me hizo darme cuenta de la fortaleza y madurez de mi hijo. De mi propia fortaleza. Valoré  mi familia como nunca antes lo había hecho. Maduré un poco. Y descubrí que con todo y esos madrazos, me gusta mucho lo que he hecho con mi vida, así, tal cual. Y como debe ser.

EMILIO

Emilio probó por primera vez las drogas a los catorce años, invitado por su hermano, la única figura paterna que conocía y confió en él, aunque algo le decía que no estaba bien. Comenzó con marihuana y poco a poco fue probando sustancias más fuertes. Dice que su mayor adicción era a la heroína, pero en realidad fumaba, inhalaba y se inyectaba de todo.

Al poco tiempo, su hermano fue aprehendido por robo y encarcelado. Aunque Emilio sabía que la adicción lo había metido en ese problema, no hizo nada para hacer la suya a un lado. Era demasiado tarde. Dieciséis años y ya era un adicto. Peor aún, con su hermano encarcelado, los medios para proveerse de droga se vieron reducidos severamente. Entonces decidió hacer lo único que -según él- se hacía en estos casos: robar. Y corrió con la misma suerte que su hermano, fue aprehendido y enviado al centro de integración juvenil; lugar donde reciben a aquellos que por su edad no es posible juzgarlos como adultos aun cuando su corta vida tiene más tragedia, drama y experiencia que muchas.

En el centro de integración, el médico de turno le mandó realizar una biometría “emática” (sic), los psicólogos lo evaluaron y determinaron que iba a ser internado por un tiempo y después -si su comportamiento y sobre todo, los recursos del centro alcanzaban- recibiría tratamiento de tipo “ambulatorio”. No sería internado pero tendría que acudir a evaluaciones periódicas, asistir a terapia y en el centro se monitorearía su avance y mejoría. No hubo tal. Al menos, no como se había planeado.

Emilio salió y aunque iba con regularidad a su terapia y evaluaciones, estar de nuevo en la calle, las malas compañías, la pobreza y sobre todo, el rechazo social que siempre había sentido en carne propia lo hicieron recaer. Mientras estaba sobrio, buscó trabajo pero era rechazado, no sólo por carecer de la preparación básica sino también por no tener una identificación oficial. “¿Cómo voy a tener credencial del IFE si todavía soy menor?” se preguntaba.

En cuanto cumplió dieciocho años decidió tramitar su credencial, pero no pudo llevar los papeles que le pidieron para ello, así que lo dejó por la paz. Dirigió su atención hacia lo único que, al parecer, no le pedía acreditaciones ni dinero, no lo rechazaba, al contrario; lo reconfortaba al menos un poco: la droga. Nada más que ahora no cometería el error de robar, mejor, ganaría dinero limpiando parabrisas en un semáforo.

Y fue ahí cuando una mañana vio en un auto a una de las terapeutas que lo habían atendido en el Centro

– ¡Madre!- le gritó

– ¿Emilio?- preguntó sorprendida

– Sí, madre, soy yo

– ¿Qué haces aquí Emilio? y en estas condiciones…

– Ay madre ¿qué quieres que haga? no me dan trabajo, no nada. Ésto es lo único que puedo hacer

En ese momento se puso la luz verde

– Mira Emilio, ¿estás aquí todos los días? -Emilio asintió- déjame ver que puedo hacer por tí y mañana te busco

-Gracias madre- respondió entre avergonzado e ilusionado ante la idea de tener alguien que lo ayudara.

Al día siguiente “Madre” regresó al semáforo a buscar a Emilio, quien le contó su fallido intento de rehabilitarse. Ella, por su parte, ya traía una oferta de trabajo para Emilio, como peón en una construcción “pero tienes que prometerme que vas a cumplir y vas a estar bien”

-Claro, madre. Sólo dame estos días (santos) de vacaciones para limpiarme y prometo presentarme a trabajar.

El lunes siguiente, Emilio se presentó puntualmente a trabajar. Traía una cruda de miedo, temblaba y sudaba pero aún así llegó. Se presentó ante el director de la obra quien al verlo en ese estado lo primero que hizo fue darle una dosis respetable de diclofenaco que le permitiera trabajar en lo que se le pasaba la cruda. Después le presentó a todos y cada uno de los trabajadores de la obra: ingenieros, arquitectos, maestros, pintores, peones y demás:

-Él es Emilio y a partir de ahora va a trabajar con nosotros. Quiero que cada uno le enseñe como se hacen las cosas aquí para que vaya encontrando el oficio que más le gusta. Ahí se los encargo.

Todos asintieron y saludaron a Emilio como uno más. Sin embargo, él no se sentía a gusto

-¿Qué pasa Emilio?

-Ay Inge, es que me da pena… No sé como me vayan a ver, tengo muchos tatuajes

-¿Tatuajes Emilio? A ver, espera… ¡Pollo! ¡Ven cabrón! -El “Pollo” se acercó- Mira Emilio, éste es el Pollo. Ingeniero egresado de la Universidad fulanita y con maestría en _____. Pollo, enséñale tus tatuajes a Emilio.

El Pollo se desabrochó la camisa y enseñó muy orgulloso el pecho decorado con un escudo del Atlas (¿?), mostró el brazo con el nombre de su mamá en algunos caracteres orientales y otra figura de dudoso significado.  Después le tocó el turno al Chino

-Emilio, este es el Chino, nuestro pintor. Chino, pregúntale a Emilio donde se tatúa porque los de él están bien hechos, no como los tuyos que parece que te los hizo un grafitero chafa. -se volvió hacia el recién llegado- Mira Emilio, a mí los tatuajes me vienen valiendo madre, lo que yo quiero es gente que trabaje ¿lo vas a hacer? ¿no te vas a andar metiendo chingaderas? -Emilio asintió sintiéndose ya más seguro y aceptado- Entonces estamos en el mismo canal. Anda y vete ya a chambear que a éso veniste.

Lunes, Martes, Miércoles… los días transcurrieron y Emilio fue sintiéndose cada vez más cómodo. Se atrevió a llevar manga corta, charlaba en el almuerzo con los demás trabajadores, llegaba puntual y no se iba hasta que el trabajo estuviera terminado. Llegó el sábado y con él su primera “raya”

-Mira Emilio, esta lana es tuya. TU-YA. TE la has ganado con trabajo honesto y puedes hacer con ella lo que te venga en gana: puedes irte al cine, se la puedes dar a tu mamá, la puedes ahorrar, te puedes comprar un pantalón, qué sé yo. Inclusive te puedes ir a meter más droga. Tú decide. Aquí te espero el lunes.

-Sí Inge. Muchas gracias. Dígale a Madre que muchas gracias.

Ese lunes es pasado mañana. Por la problemática de Emilio creemos que es muy probable que una parte de su raya la haya utilizado para comprar droga, pero sabemos que es necesario. Un joven en esas condiciones necesita recaer varias veces para salir definitivamente, es parte del proceso. Madre, además de trabajo,  le ha conseguido terapia gratuita a Emilio y él está comprometido con ella. Sabe que es difícil pero tiene todas las ganas de dejar atrás su adicción. Los cimientos están puestos: Emilio quiere rehabilitarse y afortunadamente se ha podido tender a su alrededor una red de apoyo, ayuda y sobre todo aceptación, que quizá le hagan el proceso menos difícil.

En esta historia yo soy sólo una espectadora, que no puede dejar de sentirse terriblemente orgullosa de Madre -mi hermana- y el Inge -mi padre-, por darle a ese muchacho una oportunidad y espero que no sea una historia aislada. Sé que es imposible que todos nos lancemos a la calle a rescatar delincuentes y adictos, no soy estúpida. La vida nos ha vuelto desconfiados a priori, y lo comprendo. Pero podemos estar atentos para que cuando se nos presente la ocasión de echarle la mano a alguien, no la pasemos por alto.

ADRIÁN…

Adrián fue abuelo por primera vez dos días antes de su cumpleaños número 50. Considerándose todavía joven para tal título, exigió que sus nietos -al menos los de la primera camada- lo llamaran “Papi”.

Papi:

Pasado mañana sería tu cumpleaños 87. Sí, 87 y ni trates de engañarme porque yo soy la única persona que tiene tu acta de nacimiento original. Aquella que mi papá me trajo de la Habana justo cuando te pusiste super grave y creíamos que no te salvabas. Aquella que cuando te la mostré me dijiste “Hija, ¿de dónde sacaste éso? escóndela” Aquella que a la mayoría de tus hijos no les interesó.

Triste, muy triste. Pero me imagino que ese desinterés sólo fue una muestra de lo que se vendría cuando tú ya no estuvieras ¿Ya notaste el desmadre en que se ha convertido esta familia? ya se armaron dos bandos: los que conocieron tu verdadera esencia y los que todavía no te perdonan. Es lamentable que se digan “adultos” cuando no pueden comprender y perdonar los defectos de su padre, quien en vida todo les dio. Quien se preocupó siempre por mantener la unidad de la familia que le tocó formar. “Familia muégano”, así nos conformaste y de repente, te vas y todos nos quedamos a la deriva.

Es curioso,  renegabas muchísimo cada domingo cuando nos juntabamos la bola de escandalosos en tu casa, pero ahí seguíamos. Ahora que ya no estás, casi no vamos. Preferiamos sentir entonces tu molestia a sentir ahora tu ausencia. En particular, evito pasar por tu recámara, me duele no escuchar la televisión a todo volumen, no verte acomodando tus 456 colecciones… y no puedo ver Two and a Half Men sin recordar que era tu serie favorita, no me hace reír igual.

Fue mi cumpleaños y extrañé tu llamada de cada año “Paulinita, muchas felicidades hijita. Te mando con tu abuelita tu cuelga” La extrañé mucho. Sigo extrañando tu voz preguntando por mi mamá y diciéndome “¿Paulinita? Pero eres Paulinita chica…” No me imagino lo que debe sentir mi mamá viviendo tu ausencia cada día, sin el apoyo y comprensión que siempre le diste.

Y Fer… estarías tan orgulloso de él. Estuvo dos horas a tu lado cuando ya te habías ido, despidiéndose de tí. Nunca lo creí capaz de tanta fortaleza, pero salió a tí. Tiene tu necesidad de inmediatez, tu obsesión por coleccionar todo lo coleccionable, tu ambición y tu fuerza. Espero que viva la vida con la misma intensidad que tú lo hiciste, de preferencia sin tus excesos; pero intensamente y logrando todas sus metas. Siempre te estaré agradecida de lo que hiciste por él y por mí. SIEMPRE.

Hay tantas cosas que me gustaría decirte y ya no puedo. Solo quiero que sepas que si no entré aquel viernes a tu cuarto a despedirme fue porque sabía que ya estabas muy grave y preferí quedarme con la imagen que siempre tuve de tí: la del hombre fuerte como un roble, el deportista, el del vocho amarillo, el que se echó unos whiskeys con mi hermano un día antes de morir, celebrando que se había escapado a la muerte una vez más… hasta que, como médico, te diste cuenta que tu cuerpo ya no podría más. Que ahora ibas a necesitar ayuda DE VERDAD y no solamente para sentirte consentido… y te quitaste el oxígeno…

¿Recuerdas cuando me llevaron a Disneylandia? no podía dormir porque extrañaba a mi mamá y me dijste “extráñala todo lo que necesites y cuando termines de extrañarla, te duermes” Ahora dime, ¿cómo le hago para terminar de extrañarte?

PARA MI CHAPARRO…

Olvidadas por ahí encontré dos cartas que nunca fueron entregadas...

30.nov.98

Fer:
¿Sabes lo que es llorar de amor? Porque éso es lo que siento cada vez que te veo. Cada paso que das, cada palabra nueva que aprendes, cada cosa que haces. Cada vez que te acercas para abrazarme o darme un beso. Cada vez que veo tu carita, tus ojos. Cada minuto que estoy contigo siento éso.
Ganas de llorar. De amor, es tanto el amor que siento por tí que me hace llorar. Saber que vives, que eres una personita que poco a poco se va abriendo paso en esta vida. Saber que eres una pequeña parte de mí, que eres mío, que me das tu amor incondicionalmente.
Todo, todo eso, hijo, es lo que me hace tener ganas de luchar y de vivir. Por tí. Pero sobre todo, me dan ganas de llorar al darme cuenta de todo el amor que siento.

Te adora.
Tu mamá.

29.jul.99
Fer:
Ya vas a cumplir dos años y todo este tiempo me ha parecido tan corto. Sin embargo, te veo jugar, oigo tu voz y me gustaría congelar estos momentos porque son encantadores y siento que se me van a ir igual de rápido. Es que el tiempo que estoy junto a tí es tan corto, una hora parece un minuto, todo, todo el tiempo que estamos juntos lo disfruto tanto que quisiera prolongarlo mucho más.
¡Mi bebito se ha ido tan pronto! Ya eres un niño, hablas, juegas, incluso escoges como si fueras más grande. Y apenas vas a cumplir dos. Ya juegas a las pistolas y a los monstruos. Te enojas si no te gusta la ropa que te pongo. Todo el día hablas y hablas, diciendo lo que quieres y a qué juegas.
¿Sabes? sólo le pido a la vida que me permita disfrutarte al máximo y poderte educar bien, que seas un buen hombre.
Te adoro y todavía se me llenan los ojos de lágrimas cuando te veo.
Paulina

… ya están en manos de su destinatario original, quien todavía tiene el poder de hacerme llorar de amor.

AMOR, ADMIRACIÓN Y DEMÁS ENTUERTOS

Aproximadamente a las 2:00 pm hice referencia en tuiter a la dificultad que representa encontrar un hombre a quien se admire: “es más difícil encontrar un hombre al cual admirar que uno del cual enamorarse”.

Las respuestas que recibí inmeditamente me decían “¿qué admiración y amor no van juntos? ¿no se debe admirar primero antes de amar?”, lo cual me hizo ver que la idea fue tomada en otro sentido. Estoy firmemente convencida de que una de las bases del amor en pareja, ese amor que se disfruta, que perdura y evoluciona es la admiración.

En mis treinta y pico años -y a pesar de mi mariconez- me he enamorado hasta las chanclas de hombres buenos y regulares; me he visto en el penoso proceso de desenamorarme de ellos, todos tienen su lugar en mi vida y su paso por ella ha servido para conformar la persona que soy hoy. Sin embargo, ninguno de esos amores se basó en una gran admiración. Me imagino que éso marcaba su fecha de caducidad.

No soy la única con ese sentir, hace varios meses, en esas interminables pláticas de hombres, relaciones y demás que tanto nos gustan a las mujeres; una amiga y yo nos hicimos mutuamente una pregunta: ¿quien ha sido el último hombre -no tu papá-  que has  admirado? Respuesta: cri cri, cri cri…

Ahora bien, si preguntamos ¿quién ha sido el último hombre del que te enamoraste?; en lugar del cantar de grillos obtendríamos un nombre en concreto. He ahí la diferencia.