palabras producto de la ociosidad

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DÍAS QUE NO QUIERES QUE LLEGUEN

Hoy son tres años ya. Tres que años perro serían como veintiuno, que para un bebé significan creer, caminar, hablar y dejar el pañal; pero que para un adulto pasan a veces tan rápido e inocuos que ni se sienten.

En mi caso -para bien o para mal- no ha sido así. Hace tres murió mi padre y a partir de ahí la vida se me transformó por completo. Me vi arrojada de repente y sin previo aviso a una vida adulta para la cual no me sentía preparada y me aterraba.

Había perdido a mi GPS, mi papá me daba todas las rutas (aunque un día el muy grosero me mandó a Tepoztlán por Zempoala), me aconsejaba profesionalmente y estaba ahí cuando llegaba con mi altero de papeles y le decía “me doy, decide tú porque yo no tengo cabeza”. Ahora ya no iba a estar más: I was on my own ¡¡¡¡SOPOTAMAAAAAAAAADRE!!!! ¿Qué se suponía que iba a hacer?

No tenía ni idea, me quedaba a cargo de mi vida, de mi trabajo, de mi hijo y -en menor grado- de mis hermanos. Chido el paquetito ¿eh?. Pero bueno, si algo me enseñaron mis padres es que ante la adversidad uno se dobla pero no se rompe, así que no me quedó de otra.

Poco a poco fui desbaratando lo que quedaba de la vida material de mi papá: su casa, su ropa, su oficina alterna, sus tarjetas de crédito. Al mismo tiempo trataba de ir reacomodando las piezas de la mía; una labor faraónica en la cual poco importaba el apoyo de la gente a mi lado. No es menosprecio ni mucho menos, pero es de esas cosas que sólo uno puede -y debe- hacer por sí mismo. Cuando me sentí rebasada, aterricé en terapia, por supuesto.

Y así, paso a paso transcurrió el primer año, luego el segundo y ahora el tercero.

He aprendido que el dolor no se va, sino que se va fusionando con el día a día hasta que se vuelve parte de tus sentimientos. El tiempo no cura, adapta y uno nunca está completamente del otro lado. Hay días en que ese dolor se sentirá todavía fresco y otros en los cuales parece un simple recuerdo, así es esto.

Hoy, claro está, se siente muy fresco. Traigo la cabeza llena de recuerdos y “lo que hubiera sido”. Imagino a Mariana quitándole los lentes y haciéndole cariños en los cachetes; a Constanza platicándole mil cosas para sacarle una buena ración de muñecas; a Luis Adolfo abrazándole las piernas con esa sonrisa apretada donde saca todos los dientes y contándole cosas en ese idioma que sólo él entiende. Imagino a mi papá tacleando orgulloso a Fernando y siguiendo cada una de sus competencias. Lo imagino de nuevo diciendo “bouuuuulsa” aunque nos burlemos de él. Lo imagino orgulloso de mí y de lo que he logrado gracias a su legado.

Y sobre todo lo recuerdo en el último día que desayunamos juntos, abrazando a mi hijo y diciéndole “Quien me enseñó a ser abuelo fue usted. Yo soy el abuelo que soy gracias a usted, enano”.

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Dondequiera que estés, te mando los besos que no te di, papá. Te extraño siempre.

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FAVORITAS SIN SENTIDO

Debido a que en este mes y medio -aprox- que llevan las campañas me encuentro ya hasta la madre de abrir cualquier, pero CUALQUIER página en internet y encontrarme propaganda, noticias o pleitos políticos; he decidido, a manera de terapia, escribir un post totalmente simplón en el cual hable de mis películas favoritas. Así nomás, porque puedo, porque quiero y porque ya me tienen harta.

Las películas van sin algún orden específico, dada mi dispersión, es preferible enfocarme a recordarlas y ponerlas como van; si me pongo además a tratar de calificarlas me puede llevar una semana entera.  Aclaro: todas las enlistadas provienen de cine comercial, son las que recuerdo más fácilmente.

1. Hugo. La primera en la lista porque es la última adición a ella. Me parece un cuento divino, protagonizado por una serie de personajes a cual más más adorables y enmarcado con una fotografía y efectos especiales mágicos.

2. El silencio de los inocentes.  una de las mejores historias de suspenso EVER, con unas actuaciones memorables y que aún después de ¿cuántas? tal vez treinta veces, me sigue poniendo la piel de gallina. “Have the lambs stopped screaming?”…

3. Sospechosos comunes. La razón principal de que conserve mi videocasetera VHS… no he conseguido la película en disco.

4. En el nombre del padre. La historia de Gerry Conlon me conmueve hasta la médula. Y la banda sonora es buenísima.

5. Los increíbles. Me sé los diálogos de memoria. Con éso digo todo.

6. El paciente inglés. La favorita para chillar después de una decepción amorosa.

7. Sin city. Hipnotizante, así de sencillo.

8. Mi novia Polly. Me río muchísimo porque me identifico horrores con el personaje de Ben Stiller… quizá también necesite a alguien que me saque de mi zona de confort.

9. Wanted. Los madrazos que siempre he querido dar. Siendo Angelina Jolie, por supuesto.

10. En este apartado entrarían las que van en bonche, además de que son clasiquísimas en el Top de cualquiera: Star Wars (del IV al VI, por supuesto), El señor de los anillos, Toy Story y la trilogía Bourne.

Pido una disculpa a los cinéfilos de hueso colorado por, salvo Star Wars;  no incluir ninguna de los 90 para atrás. Es un ridículo intento de verme más o menos “contemporánea”. Se aceptan sugerencias.

 

 

 


FINALMENTE, 365

Lo que no nos mata, nos hace más fuertes.

Este 20 de agosto se cumple un año de lo que hasta hoy considero ha sido la experiencia más culera que me ha tocado vivir.  Un fin de semana que inició con un tremendo revés en el ámbito profesional y término con la muerte de mi querido abuelo.

Tres días en los cuales sentí que toda mi persona era puesta a prueba, emocional, física y psicológicamente. Tres días durante los cuales sentí miedo, impotencia, tristeza y coraje con una intensidad que nunca había experimentado. Tres días que me sentí perdida, buscando algo o alguien a quién aferrarme, algo que me pudiera dar confianza, que me asegurara que todo era pasajero; que de alguna u otra forma lograría reponerme de ese putazo y recuperar mi vida como la había conocido hasta entonces.

Ese día poco después de las nueve de la mañana recibí una llamada telefónica que hizo que mi alma se fuera al piso. Corriendo y como pude, salí de mi casa a tratar de arreglar lo que estaba en mis manos, a tranquilizar a mi equipo de trabajo que estaba completamente desconcertado -mi secretaria estaba a menos de un mes de dar a luz y sentía que lo iba a hacer en la oficina- y ver quién demonios podía ayudarme. Tuve que lidiar con mi propia frustración al darme cuenta que las personas externas a quienes acudí eran todos unos ineptos y entre pleitos, recuentos, ires y venires se me fue la mañana y parte de la tarde.

Mientras trataba de arreglar todo ese desmadre, recibí un mensaje de mi mamá que decía “Hija, siento mucho lo que te pasó, te aviso que tu abuelo se está muriendo” En ese momento, la poca fuerza que me quedaba se desvaneció. No podía creer que todo me estuviera pasando el mismo día. A partir de ahí, como pude, en medio de una bruma y en automático; terminé todo lo que tenía pendiente para poder ir a casa de mis abuelos a verlo por última vez.

No pude. Llegué y estuve ahí más de una hora, pero no pude pasar a despedirme. Vi  una de mis tías llorando, a otra sacudiendo y limpiando como enajenada, a mis tíos entrar y salir de su cuarto conforme Papi los conocía, desconocía y volvía a conocer. Lo escuché delirar, quejarse y hasta gritar. Pero no pude pasar. No me sentía lo suficientemente fuerte después de todo lo que había pasado. Agotada, decidí que lo mejor era irme a mi casa y tratar de descansar. Tuve que empinarme una botella y media de tinto para lograrlo, no se me ocurrió otro remedio para poder conciliar el sueño.

Al día siguiente, de nuevo la oleada de sentimientos; pero sobre todo, un miedo terrible, casi paralizante. No quería salir de mi casa, no quería separarme de Fernando, no quería subirme al coche y manejar. Quería quedarme para siempre en la seguridad de mi recámara y esperar los días que fueran necesarios para que toda esa locura terminara. Lo único que se me ocurrió hacer fue meditar.

Medité, medité mucho para lograr sobreponerme a ese miedo y sobre todo, me despedí de mi abuelo “si ya es necesario que abandones este mundo y trasciendas a otro nivel, no va a ser mi egoísmo quien te detenga. Gracias Papi, te doy gracias por haber estado a mi lado todos estos años y dejo que te vayas en paz” Habrá quienes piensen que éstas son chorradas, pero para mí meditar siempre se traduce en un gran alivio, en una paz que no logro obtener de otra forma. Y ese día no fue la excepción. Estaba segura que cuando me avisaran que él habría muerto yo estaría en paz. Triste, pero en paz.

Ese aviso llegó hasta el día siguiente, el domingo 22. Como loca obsesiva de la limpieza que soy, decidí arreglar todo un librero para distraerme y en ésas me encontraba cuando mi hermano me llamó para darme la noticia. Al principio pensé que estaba bromeando, hasta que me dijo “no seas guey, ¿cómo te voy a bromear con éso? Es en serio, ya se murió Papi” Con una bola de trapos mugrosos en las manos y en medio de un tiradero de libros, me senté  mientras pensaba qué hacer: ¿le digo a Fer? ¿voy a la casa de Tita? ¡mi mamá! ¿qué pedo con mi mamá? Decidí que tenía que decirle a Fernando primero, así lo hice y él se fue inmediatamente a la casa de mis abuelos. Yo, mariconamente, todavía me quedé haciendome pendeja otro rato hasta que por fin me armé de valor y fui hacia allá.

Como es de esperarse, encontré un desmadre. De entrada, a mi mamá descalza, llorando sentada en la banqueta con un caballote -no caballito, ca-ba-llo-te- de tequila. Otra de mis tías se había salido chillando enloquecida y ni idea tenían de dónde andaba. La mayoría revoloteaba de un lado a otro hasta que mi abuelita sentenció “¡¿¡ME DEJAN?!?! Soy LA viuda, déjenme en paz” Pregunté por Fernando y me dijeron que estaba en la recámara de mi abuelo. No me quedó de otra más que armarme de valor y subir.

Y lo vi, con su famosísima pijama a cuadros con bata a juego. Con una cara que por fin, reflejaba paz. A su lado en una silla estaba mi hijo, despidiéndose de él. En la puerta, mi hermana deshecha en llanto. La abracé y como pude le dije unas palabras de consuelo. Estuvimos ahí más de media hora hasta que -por fin- llegaron los de la funeraria y se lo llevaron. Entonces caí en la cuenta que al día siguiente era el inicio de clases y tal como estaba, en pants, sin bañar y hecha un manojo de nervios;  salí corriendo a comprar lo que me hacía falta. Resultado: me gasté casi $1,000 en calzones y calcetines que JURÉ, Fer necesitaba. No me di cuenta que había comprado tal cantidad de chingaderas hasta que regresé y mi mamá me lo hizo notar. “Bueno, al menos la vendedora me escuchó -le conté mi drama, por supuesto- y se llevará una buena comisión. Ya ni pedo” Next step: a bañarse para la misa de cuerpo presente.

Bajo una lluvia torrencial me encaminé al cementerio, llegué a la capilla y lo primero que vi -obviamente- fue el féretro, cerrado. Mi abuela no quiso abrirlo. Montando guardia, sus tres hijos hombres y mi hermano. Sobre el ataúd una bufanda del Morelia, el equipo de los amores de mi viejillo. Busqué lugar y afortunadamente ahí estaba mi papá. Sentí un gran alivio al verlo y me coloqué junto a él. Misa, con todas las de la ley, palabras de uno y otro hijo y yo como si fuera de palo sin poder derramar una sola lágrima. Hasta que mi papá me abrazó “Por favor papá, dime que todo va a estar bien, dime que TODO va a estar bien” repetía yo una y otra vez, mientras él me aseguraba que así sería. Sin embargo, podía sentir un ligero temblor en su cuerpo que me indicaba que no estaba tan seguro. Al final, me acerqué al ferétro, no traía flores para colocar sobre él;  lo único que se me ocurrió fue tomar la bufanda y escribirle un mensaje de despedida de parte mía, mis hermanos, Fer y mi mamá. Fue incinerado con ella, su pijama y su bata. Como más le gustaba estar.

Durante los seis meses siguientes, continué siendo puesta a prueba. Tuve que recurrir a todas mis habilidades para lograr sacar a mi empresa del bache en el que había caído. En casa, ser un apoyo y consuelo para mi mamá, quien con mi abuelo perdió no sólo a su padre; también a su confidente, cómplice, consejero y mejor amigo. Tuve que enfrentarme y sobreponerme al hecho de haber visto a mis padres en una situación de vulnerabilidad que ni en mis peores pesadillas habría imaginado. Sí, tengo 36 años y sin vergüenza reconozco que mis papás siguen siendo mis pilares más fuertes. Aceptar que no son invencibles me dio miedo, mucho miedo. Cambiar los papeles y convertirme por unos meses en el apoyo que ambos necesitaban, me causó terror. Pero lo hice. Lo logré y salí fortalecida. Orgullosa de mí misma.

Ahora, después de un año, han sucedido muchas, muchas cosas. En ciertos aspectos, sigo siendo la -aparentemente- inconsciente que todo el tiempo dice pendejadas y parece siempre vivir al día. Pero en el fondo sé que lo vivido me enriqueció de una forma maravillosa. Estrechó no sólo la relación con mis padres, sino también con mis hermanos. Me hizo darme cuenta de la fortaleza y madurez de mi hijo. De mi propia fortaleza. Valoré  mi familia como nunca antes lo había hecho. Maduré un poco. Y descubrí que con todo y esos madrazos, me gusta mucho lo que he hecho con mi vida, así, tal cual. Y como debe ser.